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OPINION – ENTRE EL DOGMA Y LA RAZÓN: GOBERNANZA, LÍMITES Y ÉTICA, FRENTE A DESAFÍOS GLOBALES.

Por Carlos Cantero Ojeda

“Si escribes un problema de forma clara y específica, habrás resuelto la mitad” (Ley de Kidlin).

 El Papa León XIV presentó la Carta Encíclica Magnifica Humanitas, dirigido a los obispos, a todos los fieles católicos y a la humanidad. En ella aborda el desarrollo de la Inteligencia Artificial (IA) generativa, su alcance ético y social, expresa preocupación por el poder de los diseñadores de algoritmos, el inmenso control global de las corporaciones tecnológicas y la necesidad de una gobernanza que proteja el bien común, frente a la automatización, la deshumanización y las crisis globales.

Las reacciones han sido diversas. Algunos valoran el liderazgo moral del Papa, otros el contenido del documento, hay quienes celebran que haya enfrentado los grandes poderes globales de la política, la economía y la netocracia algorítmica. Desde otra acera, la respuesta ha sido la indiferencia, a menudo las grandes corrientes filosóficas, espirituales y religiosas del mundo, se ignoran o cancelan mutuamente. Asimismo, los bloques corporativos y tecnológicos aludidos acusan a la Iglesia católica de intentar -una vez más en la historia- frenar el progreso de la humanidad.

El Papa advierte explícitamente contra la idolatría tecnológica y del lucro, deidad omnipresente, omnipotente y omnisciente, que pretende el reemplazo de Dios. En el centro de este debate también se encuentran las visiones del transhumanismo y el posthumanismo, corrientes que buscan superar los límites naturales de la persona humana mediante la fusión con máquinas o la modificación genética. León XIV critica estas posturas y defiende la naturaleza humana como sagrada, advirtiendo que la búsqueda de mejora ilimitada o de inmortalidad técnica podría derivar en formas de dominación y en la pérdida de lo verdaderamente humano.

Vivimos tiempos de cambios vertiginosos que alteran la forma de ser, estar y hacer en el mundo. El exacerbado materialismo, el individualismo excéntrico y el debilitamiento de los valores esenciales, amenazan la convivencia humana. Al ser problemas de alcance global, superan los límites de una comunidad de fe particular. La complejidad del desafío exige -para su abordaje con éxito- una perspectiva amplia, global y laica, que promueva el reconocimiento del otro como un legítimo otro, la diversidad y pluralismo, más allá de cualquier pertenencia religiosa.

El nudo crítico radica en que el universo de la espiritualidad es infinitamente superior al de una religiosidad institucional particular. Más aún cuando históricamente esa relación acumula tensiones y desconfianzas: un sector desconfía del dogmatismo religioso por temor a que imponga límites arbitrarios; otros resienten cualquier regulación por considerarla un freno a la libertad y al progreso; y, en la sociedad actual existe también un utopismo rupturista (fáustico) que pretende reconfigurar el mundo a su propia imagen y semejanza. Desde la perspectiva laica no hay una postura unánime; se argumenta que la tecnología y la optimización humana son herramientas válidas de bienestar, que no atentan necesariamente contra la dignidad humana. Pueden hacerlo si no hay contención ética, con principios y valores compartidos.

En consecuenca, los límites y la ética constituyen la esencia de la cuestión. Debemos distinguir -con equilibrio- entre la ética católica basada en dogmas y verdades reveladas y la ética laica fundamentada en la razón, la ciencia y la autonomía moral. Mientras el humanismo católico ve la moralidad como un mandato divino orientado al bien común, el humanismo laico busca la justicia y la solidaridad a través del consenso social, la empatía y el bienestar terrenal. Del mismo modo, la visión teísta de la encíclica propone a un Dios creador, activamente relacionado con el gobierno y la moral humana, mientras que la perspectiva deísta o secular tiende a ver un Dios Creador, que deja el progreso en manos de la razón autogobernada.

Para alcanzar un destino fecundo en este desafío global, el camino es resaltar principios de encuentro que articulen un básico consenso global. Filósofos como Jürgen Habermas defienden la necesidad de un diálogo constante entre racinalidad religiosa y la secular, asumiendo que ambas pueden aprender de la otra. La convergencia es posible porque ambas éticas tiene coincidencias, en la defensa de la dignidad humana, la protección de los más vulnerables y el respeto al medio ambiente.

Los nuevos límites deben partir del respeto a la diversidad, el avance científico es fundamental, pero debe estar guiado por la responsabilidad y la justicia, evitando que la tecnología se convierta en una amenaza. El diálogo entre el dogma y la razón es posible y fecundo cuando se reconoce al otro como legítimo otro, identificando metas comunes. A nivel global diversas institucines declaran principios convergentes: «una familia bajo un Dios compartido»; China propone una «Comunidad de Destino Compartido de la Humanidad»; EE.UU. prioriza «Reglas, Democracia y Alianzas» ; la India recuerda que «El Mundo es una Familia» (Vasudhaiva Kutumbakam); la andinidad aporta la reciprocidad de la Pachamama, el Ayllu y el Ayni; la Unión Europea la Global Gateway; y la ONU resalta la «Paz, Dignidad e Igualdad en un Planeta Sano».

La ética anclada en valores transculturales debe ser el cimiento de nuestra sociedad global, resaltando lo que une con fraternidad y tolerancia. Reafirmemos el Principio Monista: Todos somos Uno. Uno es Unidad, en la Unicidad. Formamos parte de la misma esencia universal, en interconexión con todo lo que existe. Como una gran familia universal, compartimos un origen común y el imperativo de vivir para el bien mayor.

 

 

[1] Carlos Cantero, es chileno, Geógrafo, Máster y Doctor en Sociología. Tiene una sólida trayectoria pública: Alcalde, Diputado y Senador. Es académico, conferencista y tiene diversas publicaciones (www.amazon.com). Para comunicarse con el autor, dirija su correspondencia a: cantepor@gmail.com

 

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