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OPINIÓN: SOCIEDAD DIGITAL: SOBERANÍA DE ESTADO Y DERECHOS HUMANOS.

El poder supranacional (gobernanza global) de las instituciones del sistema jurídico internacional, como Naciones Unidas, debe ser fortalecido, asegurando su independencia, dotándolas de mecanismos efectivos, definiendo acciones vinculantes que garanticen la protección de los derechos humanos y la democracia, prevaleciendo por sobre la ley del más fuerte, en una coherente soberanía de Estado. ¡Que así sea!

Martes, 6 enero 2026.-      18:49 pm

Por: Carlos Cantero, Geógrafo, Máster y Doctor en Sociología

El debate internacional está sometido al enfoque binario, de polarización (sociedad digital), que se ve agravado por un atrincheramiento ideológico, herencia de la Guerra Fría, que limita la capacidad para escuchar y aceptar al otro como legítimo, en sus ideas y argumentos. Los ejes en cuestión se centran en dos miradas con sus sesgos políticos: por un lado, la defensa de la soberanía de Estado y el derecho de autodeterminación y, por otro, por los derechos humanos, la democracia y el Estado de Derecho. ¿Cuándo tiene primacía uno u otro principio? ¿Cómo se protegen esos principios en el contexto internacional? La postergación de estos temas hace propicia la ocasión para el imperio de la Ley de la Selva. En distintos lugares del mundo las potencias hacen y deshacen arbitraria e impunemente, usando su fuerza para lograr propósitos económicos, políticos, geopolíticos[1].

El largo tiempo que ha durado la crisis de Venezuela y su alto costo humanitario, es un ejemplo que cuestiona a Naciones Unidas y la institucionalidad global. Incrementa la confusión la intervención unilateral de Estados Unidos, por el cuestionamiento de sus motivaciones e intereses. La ineficacia de la institucionalidad internacional contrasta con las intervenciones unilaterales de potencias que, en minutos generan cambios críticos (como ocurrió en Venezuela), al tiempo que gatilla un estado de vulnerabilidad para los principios democráticos y/o los derechos humanos. Arriesgando una mayor desestabilización, aumento de la crisis humanitaria, o el repudio de la comunidad internacional.

En la política y el derecho internacional, la Paz de Westfalia (1648)[2] constituye la base de los Estados modernos y también de los principios fundamentales de las relaciones internacionales: a) la soberanía de los Estados, b) la igualdad entre ellos y c) la no injerencia en asuntos internos. Sin embargo, desde esa fecha la sociedad ha cambiado, mostrando la disfuncionalidad práctica del Oden Westfaliano. Emerge el mundo digital y global, con la revolución de tiempo-espacio que cambia el escenario, poniendo a prueba la vigencia de esos principios. Al difuminar fronteras se condiciona la soberania de Estado, generando nuevos desafíos y conflictos de alcance global (supranacionales): derechos humanos, cambio climático, masivas migraciones forzadas, narco terrorismo, ciberdelincuencia, etc. La Soberanía de Estado o el derecho inalienable de ejercer poder dentro de un territorio, está cuestionado, además, por la preeminencia de los principios democráticos (legitimidad) y los derechos humanos, desarrollados en el siglo XX. Esto choca con la lógica del enfoque global, esta deuda -la vigencia de estos principios y su juridicidad- evidencia la inoperancia de la intelectualidad y la institucionalidad supranacional, más aún frente a la unilateralidad de las grandes potencias. Esta concepto de soberanía debe avenirse con la nueva realidad digital, equilibrando la autonomía de los Estados, la protección de los derechos humanos y la democracia global. Algunos señalan que la soberanía es el control sobre el propio destino, algo que parece escapar en un mundo tan interdependiente (Andrés Ortega); otros, enfocan la soberanía con énfasis digital, en cómo mantener el control sobre datos y activos críticos, sin renunciar a la innovación global (Christian Klein). El desafío es conjugar la soberanía de los Estados, pilar de Westfalia, con la defensa universal de los derechos humanos. Hay quienes señalan que estos constituyen un imperativo moral y jurídico superior a la soberanía de Estado y la no injerencia.

La defensa de la vigencia de la soberanía de Estado, por ejemplo, en los procesos de Cuba y Venezuela, entre muchos otros casos a nivel global, permitió que la agonía de la democracia y el atropello a los derechos humanos, se perpetuaran por décadas con dolorosas realidades. La falta de mecanismos efectivos para contrarrestar los atropellos y la inacción evidencian lenidad estructural, inconsecuencia ética e ideologismo miope. Es necesario trascender la visión unilateral de trinchera (ideológica), superar el sentido militante y la banalidad pusilanime de quienes teniendo la obligación (ética e histórica) de actuar, se constituyen solo en comentaristas.

La clave está en construir nuevos consensos, entendido como un desafío de adaptabilidad a la Sociedad Digital, a sus paradigmas y realidades emergentes. Requiere complementar el concepto de Soberanía de Estado, con nuevos tratados y normas, que la aborden en armonía con los nuevos desafíos supranacionales antes mencionados. Hay propuestas planteadas, van desde la creación de tribunales internacionales con capacidad de sanción, hasta la implementación de mecanismos de mediación. El poder supranacional (gobernanza global) de las instituciones del sistema jurídico internacional, como Naciones Unidas, debe ser fortalecido, asegurando su independencia, dotándolas de mecanismos efectivos, definiendo acciones vinculantes que garanticen la protección de los derechos humanos y la democracia, prevaleciendo por sobre la ley del más fuerte, en una coherente soberanía de Estado. ¡Que así sea!

[1] Algunos ejemplos de intervenciones unilaterales o militares sin aval de organismos internacionales son: el embargo comercial de Estados Unidos a Cuba;  el caso de Rusia, la anexión de Crimea (2014) vulnerando soberanía de Ucrania; China, criticada por su creciente presencia en el Mar o su actuación en el Tibet; la invasión de Irak en 2003; la expansión de Rusia en Europa del Este.

[2] La Paz de Westfalia, constituye una serie de tratados firmados en 1648, que pusieron fin a la Guerra de los treinta Años (1618-1648) en el Sacro Imperio Romano Germánico y también a la Guerra de los Ochenta Años entre España y los Países Bajos, constituyendose en la base de los Estados modernos y de las relaciones internacionales.

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