Internacional

La peor crisis de covid-19 del mundo se cierne sobre Brasil

Sábado, 6 marzo 2021.-

(Bloomberg) — Más de un año después de que un virus puntiagudo lanzara una campaña asesina en todo el mundo, la mayoría de los países han dejado atrás lo peor, con la ayuda de agresivas políticas gubernamentales y vacunas.

Pero no Brasil.

La nación, del tamaño de un continente y de 212 millones de habitantes, se enfrenta a más muertes y casos de covid que nunca; sus hospitales están desbordados, su política es desordenada y su oferta de vacunas es muy limitada. Además de tener un presidente que se burla de la enfermedad, rechaza los tapabocas y deja a su suerte a los estados, el país alberga una variante que es más contagiosa y posiblemente más mortal.

Nada ilustra mejor la naturaleza extrañamente fracturada de las políticas brasileñas para enfrentar el covid —y cómo estas han sembrado la confusión, la ira y el sufrimiento— que tres ciudades a lo largo de una carretera de 230 kilómetros en el estado de Sao Paulo, donde coexisten tres enfoques distintos para enfrentar la pandemia. En una, es como que prácticamente no pasara nada; en otra, hay un confinamiento total; y en la tercera, la vacunación masiva está en marcha. En las tres, reina el caos, golpeadas por una enfermedad desenfrenada y sumidas en un profundo colapso económico que no muestra signos de terminar pronto.

“Lo que estamos viviendo ahora es mucho peor que lo que teníamos antes”, dijo Denise Garrett, experta en enfermedades infecciosas y vicepresidenta del Instituto de Vacunas Sabin en Washington. “Veo que una gran tormenta se cierne sobre Brasil”.

Sao Paulo, el centro financiero y de la riqueza del país, es donde el virus tocó tierra hace un año en Brasil, transportado involuntariamente por esquiadores y turistas que provenían desde España, Italia y Estados Unidos. De ellos se propagó a las personas del servicio doméstico y empleados.

Araraquara se encuentra casi en el medio del estado, a cuatro horas en auto de la capital, y hace tiempo que disfruta de su acceso a la riqueza. Sus 240.000 residentes ganan tres veces el salario mínimo de la nación.

En estos días, el trabajo es escaso. De hecho, todo es escaso. Araraquara ha estado herméticamente sellada, incluyendo el cierre de supermercados y estaciones de servicio, durante las últimas dos semanas para contener un ataque viral más fuerte que cualquier otro.

En los primeros dos meses de 2021, en la ciudad murieron más personas a causa del virus que en todo 2020. Las pruebas de covid no solo resultan ser positivas, sino que además lo son para la variante altamente contagiosa de Brasil, que surgió en la ciudad amazónica de Manaos. La cepa, que según los estudios preliminares es al menos dos veces más transmisible, apareció en más de 80% de las muestras tomadas en una clínica de la ciudad desde mediados de enero hasta mediados de febrero.

Entonces, el alcalde, Edinho Silva, impuso un confinamiento de una severidad sin precedentes.

“Opté por un cierre como el que tenían en China”, dijo. Si bien los efectos tardarán en aparecer en los números, era la única forma de evitar que la situación empeorara. “Si no cerramos, habrá personas muriendo sin tener el derecho de luchar por sus vidas”.

A 130 kilómetros de distancia, la ciudad de Bauru, con 380.000 habitantes, se enfrenta a una tasa de contagio igualmente devastadora. Sus camas en la UCI están, al igual que las de sus vecinos, ocupadas al 100%. Los pacientes, que antes eran mayores, ahora tienen entre 20 y 30 años y llegan incluso más enfermos que los de antes.

Y, sin embargo, Bauru no está cerrando. Es bastante improbable que lo haga. La alcaldesa, Suellen Rosim, ha estado siguiendo los lineamientos del presidente, Jair Bolsonaro, e incluso se ha unido a las protestas callejeras contra el gobernador del estado por ordenar cuarentenas.

“Las personas están tomando riesgos, pero no porque sean irresponsables”, dijo el secretario de Salud de la ciudad, Orlando Dias. “Simplemente no pueden soportarlo más”. Niega que la pandemia esté en su peor momento y dice que un municipio con 70% de su producto interno bruto vinculado al comercio no puede simplemente detener las actividades porque el gobernador lo ordenó.

Así que la pequeña tienda de ropa de Fernando Christian en la ciudad no solo está abierta, sino que los clientes se prueban la ropa. El ayuntamiento lo sabe, dice. A lo que él y otros proveedores temen es la inspección estatal. Cuando llegan representantes estatales, las tiendas se apresuran a cerrar.

En la otra dirección, a 100 kilómetros de Araraquara, Serrana se ha hecho famosa por el virus de una manera muy diferente. La pequeña localidad de 46.000 habitantes, donde el virus ha sido dos veces más mortal que en las localidades vecinas, fue elegida para un estudio que, según los investigadores, es el primero de su tipo en el mundo: la vacunación masiva.

Henrique y Viviane Ferreira hicieron alegremente la fila para formar parte del pequeño grupo de jóvenes de entre 30 y 40 años de Brasil que recibirán la vacuna. En otras partes del país, las vacunas están disponibles solo para los profesionales de la salud y aquellos de 75 años o más, además de grupos prioritarios, incluida la población indígena. El plan en Serrana es vacunar a 30.000 personas, esencialmente a todas las personas mayores de 18 años de la ciudad.

El plan, que se mantuvo en secreto durante meses, causó revuelo cuando se anunció en febrero. Más de 90% de los residentes se inscribieron. Los forasteros intentaron comprar o alquilar propiedades, pero un censo evitó lo que el alcalde, Léo Capitelli, llamó “una migración masiva oportunista”.

Los resultados del experimento, que se esperan para mayo, podrían dar una idea de cómo sería la vida de los brasileños una vez que las vacunas aumenten de escala. Expertos en salud como Isabella Ballalai, vicepresidenta de la sociedad brasileña de inmunización, esperaban que eso ocurriera antes. El programa de vacunación centralizada de Brasil, dice, solía diferenciar al país incluso de las naciones ricas, asegurando un acceso rápido e igualitario.

“Podríamos estar vacunando mucho más”, dijo. “Es realmente triste ver la situación a la que hemos llegado”.

Las tres ciudades ejemplifican la enorme diversidad de las experiencias frente al covid que han vivido los brasileños. Las restricciones han variado de una ciudad a otra y a menudo se flexibilizan, solo para volver a imponerse semanas después, en una mezcla de políticas que tienen poca o ninguna aplicación, lo que reduce su eficacia y prolonga la situación. Los políticos que establecen las reglas han sido sorprendidos evadiendo sus propias órdenes y a menudo discuten públicamente sobre quién tiene la culpa de la crisis.

El rayo de esperanza que ofrece la vacuna sigue siendo difícil de alcanzar. El país tiene solo unas pocas dosis a su alcance, insuficientes incluso para cubrir a los grupos prioritarios. Jonas Donizette, un exalcalde que encabeza una agrupación de 400 jefes municipales, culpa al Gobierno federal por no adquirir vacunas. Las ciudades, dice, intentan comprarlas por su cuenta, algo que nunca había sucedido antes.

Y luego está la economía. Los subsidios en efectivo del Gobierno, que ayudaron a más de 66 millones de brasileños el año pasado e incluso redujeron los niveles de pobreza, se agotaron en diciembre. Si bien los legisladores debatieron una nueva ronda de ayuda, que se aprobó esta semana, los datos de las ventas minoristas se han desplomado, lo que muestra el efecto de la eliminación gradual de los llamados cupones de descuento.

Christian, dueño de una tienda de ropa en Bauru, se encuentra entre los millones que perdieron sus empleos durante la primera ola de la pandemia. Después de ser despedido de una tienda de ropa deportiva, abrió un camión de comida con su suegro, solo para tener que venderlo, junto con todo lo demás, a medida que la crisis empeoraba.

Hoy gana aproximadamente la mitad de lo que ganaba antes de que el virus golpeara al país. Pese a que su esposa también gana dinero horneando pasteles y vendiendo ropa usada, no es inusual que su refrigerador esté vacío, especialmente ahora que la ayuda del Gobierno se ha agotado. Es una preocupación diaria: “Si hay un confinamiento, no ganaré nada”, dice.

Los Ferreira, en Serrana, también han observado una desaceleración de los negocios, especialmente en su trabajo a tiempo parcial como fotógrafos de bodas. La vacunación masiva aún no se ha materializado en un repunte de la actividad, aunque el hecho de saber que ellos y sus familias están más seguros suaviza un poco el golpe.

La sensación de que la política va a la deriva y el aumento de las muertes (en Brasil han fallecido más de 260.000 personas a causa del virus, cifra que solo supera EE.UU.) está generando ansiedad política.

Esta semana, los gobernadores estatales criticaron al Gobierno federal por difundir información falsa y “priorizar los conflictos, crear imágenes del bien contra el mal y socavar la cooperación”. Estados desde Sao Paulo hasta Pernambuco y Rio Grande do Sul han endurecido las restricciones en los últimos días para tratar de detener la propagación.

Los secretarios de Salud estatales emitieron una declaración en la que instaban al Gobierno a reconocer la gravedad de la pandemia, que está causando el colapso de varios sistemas de salud públicos y privados. Lamentaron la falta de una política nacional coherente y solicitaron reglas más estrictas para las empresas no esenciales, como la prohibición de actividades deportivas y religiosas, y todas las clases presenciales, al igual que el cierre de bares y playas. También pidieron a las autoridades que consideren cerrar los aeropuertos y suspender los viajes interestatales, así como imponer un toque de queda nacional de 8 p.m. a 6 a.m. durante la semana y durante todo el día los fines de semana.

Si bien algunos miembros del Ministerio de Salud están abiertos a discutir medidas a nivel nacional con los gobernadores, la preocupación es que el propio Bolsonaro prohibirá cualquier iniciativa de este tipo, dijo una persona familiarizada con el asunto.“Vamos a seguir viendo una gran cantidad de contagios y muertes durante al menos tres meses, porque no hay nada que impida que ocurra”, dijo Antonio Carlos Bandeira, director de la sociedad brasileña de enfermedades infecciosas. “No son los confinamientos que se realizan en un lugar u otro lo que lo evitará. Se tendrían que haber hecho de forma coordinada hace mucho tiempo”.

Esta semana, al tiempo que Brasil informaba una cifra récord consecutiva de muertes a causa del virus, Bolsonaro invitaba a sus aliados a un almuerzo en Brasilia. El grupo, en su mayoría sin tapabocas, se deleitó con platos típicos, como frijoles con salchicha y col rizada, además de un cerdo asado entero. Al día siguiente, el presidente montó en cólera contra los gobernadores por crear pánico en la población.

“No te quedaste en casa, no te acobardaste”, dijo Bolsonaro a una multitud de seguidores el jueves. “Tenemos que enfrentar nuestros temores. No más inquietud, no más quejas. ¿La gente va a llorar para siempre?”

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